“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la
tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del
abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.”
Así comienza la creación según la religión. Empecé a leer la
Biblia por recomendación de unos amigos. Estoy enfermo de cáncer y, según mi
médico, me quedan pocos meses. Tal vez acercarme a Dios sea una forma de
aceptar la muerte. Pero no tengo tiempo para procesos largos. He desperdiciado
mi vida demasiadas veces y, al menos esta última, prefiero adelantarme. Desde
el piso 8 estoy seguro de que lo alcanzaré enseguida.
La velocidad de la caída y el viento me hacen sentir vivo,
irónicamente. En apenas unos segundos experimento sensaciones que en todos
estos años no había sentido. Un golpe brutal recorre mi cuerpo y una cálida
sensación de alivio se extiende por mis nervios. Al final, el cigarro no me lo
acabé. Todo se oscurece. Apenas percibo los gritos de horror y el bullicio
escandaloso de una patrulla acercándose.
Abro los ojos y me encuentro en un lugar inmenso, sin
paredes ni techo visibles. No hay nadie más. Siento mi cuerpo, pero no lo veo.
Por instinto avanzo, sin saber cómo. El espacio está bañado por una luz
brillante pero no molesta. Poco a poco distingo pequeños hilos o fibras que
tejen una red gigantesca, conectándose entre sí. ¿Un mapeado de la eternidad?
¿O tal vez no morí y quedé peor de lo que estaba?
Sin querer, uno de los hilos toca mi cuerpo y se despliega
en mi mente una serie de recuerdos que no son míos: un joven de unos 25 años en
un escenario, tocando para apenas diez personas. Se le ve feliz. Las imágenes
son fugaces. Luego aparece otro sujeto; ya no está en el escenario, ahora viaja
en motocicleta junto al chico. A toda velocidad no notan que la llanta se
revienta. Salen disparados contra la pared de una tienda. Por un instante, su
dolor es mío, una experiencia atroz, y después, la calma. El hilo se desprende.
Sigo avanzando. Ahora veo hilos de distintos calibres:
algunos finos como seda de araña, otros robustos como cables de alta tensión.
Creo que el golpe contra el concreto me dejó loco. Cómo quisiera un cigarro.
¿Es esto creación de mi mente o en verdad estoy muerto? Cómo
deseo encontrarme con Dios…
A propósito, toco otro hilo, uno de gran calibre. Los
recuerdos se sincronizan de nuevo con mi pensamiento: parece China o algún país
de Asia. Un hombre poderoso ante quien muchos se inclinan con una mezcla de
terror y odio. Llegó a ese puesto mediante lucha, muerte y traición. Sabe que
lo odian, pero su pueblo también le agradece. Tres puñaladas en el corazón que
no pudo soportar…
No entiendo la finalidad de este experimento, pero conectar
tantos hechos en un solo lugar debió costar una fortuna. Cada hilo que toco me
muestra momentos que no viví y otros que estudié en la escuela.
Entre la maraña encuentro uno más grueso que los demás. La
curiosidad me obliga a tocarlo. Al contacto siento una calidez inmensa: amor,
humildad, entrega. Pero también culpa, arrepentimiento, miedo y dolor. Siento
dolores terribles en lo que deberían ser mis manos y pies; en el lugar del
corazón, una aceleración brutal. Algo late con fuerza y pavor, aunque no hay
nada físico. No puedo soltar el hilo, como si algo me obligara a permanecer
unido. Estos recuerdos se sienten míos. Mi madre llora agonizante. Escucho
gritos, insultos, risas. La espalda me duele muchísimo: golpes, castigos. Las
burlas llenan de dolor mi corazón. Quiero llorar, pero no puedo. A pesar de
todo, un amor profundo brota de no sé dónde. Mi ser se vuelve pesado, me cuesta
respirar y mantenerme despierto. Tengo sed y nadie se compadece. Estoy desnudo;
el dolor en manos y pies es insoportable. La fuerza de mis brazos se ha ido,
apenas sostengo la cabeza. Juegan con mi ropa, se turnan para seguir
castigándome. Sin embargo, no puedo culparlos. Su ignorancia los condena, pero
no siento odio ni rencor. Su soberbia será su peor castigo. Es una pena que mi
vida se haya sacrificado en vano.
…
No sé cuánto tiempo perdí el conocimiento. El dolor y la
tristeza que me invadió fueron tan reales que me desmayé. Ya no tengo ese hilo
pegado; lo sujetaba con una fuerza que no comprendí.
¿Quién habrá construido esto? Alguien con mucho tiempo
libre, seguro.
Encuentro otro hilo brillante, distinto a los demás. A pesar
de su luz, es helado al tacto. Lo agarro con fuerza y un orgullo y una voluntad
inmensos se apoderan de mí. Los recuerdos fluyen: soy un hombre poderoso,
realmente querido por muchos. Estoy en una plaza pública leyendo un manifiesto.
Cada frase, cada gesto, mi pueblo lo siente en el corazón. Su mirada es de
orgullo y esperanza. Sin embargo, hay miedo y dolor por todas partes. El mundo
no comparte mi visión y poco a poco pierdo parte de mi humanidad. Algunas
partes están borrosas; sé que hice cosas atroces, pero todo estaba planeado con
un propósito. Si el mundo me odia, mi pueblo me seguirá hasta el final.
Estoy solo, desesperado, lleno de rabia e impotencia. Tanto
sacrificio en vano, tanta sangre derramada que tampoco sirvió. No han aprendido
ni mediante el amor, ni a través del dolor y el miedo. Son tan imperfectos e
ignorantes.
…
De nuevo perdí el conocimiento. La carga emocional de los
hilos más gruesos es brutal; mi aparente cuerpo no puede procesarla. No sé
cuánto he avanzado ni me importa el tiempo. Tampoco entiendo qué hago aquí.
Ahora distingo un fondo en este lugar: de ahí emanan los
hilos y la luz. Avanzo con firmeza. Lentamente aparecen paredes a ambos lados,
un techo con figuras extrañas que, por alguna razón, me traen recuerdos. En las
paredes hay escritos: nombres, males, virtudes, fallos. Esto no tiene lógica;
explicarlo es inútil, nadie lo entendería. Desearía que el mundo viera esto
para no ser el único en perder la cordura. Tantos sellos, símbolos y garabatos
que nunca he visto, pero que de alguna forma comprendo, como si los hubiera
conocido desde niño…
¡Un niño! Al fondo está sentado frente a un arenero, como en
un patio de juegos.
Así que tú eres “Dios”.
Mírate. ¿Dónde quedó tu magnificencia, ese poder que tus
predicadores divulgan? Creí que al encontrarte vería un ser imponente. Y me
topo con un chiquillo distraído en su caja de arena. ¡Tengo tanto que decirte!
Pero ni siquiera te atreves a mirarme. Traes dolor y miseria
a los hombres y exiges que te sigan, que te tengan devoción, bajo la promesa de
vida eterna y protección. Y les pagas con tragedias, haciendo sus vidas
difíciles y dolorosas. Mandas peste, guerra y hambre. Permites que el hombre
mate a sus semejantes y ni siquiera intervienes por los que te siguen
ciegamente.
No eres capaz de ver tus fallos. Cada cosa que has creado
lleva tu sello y también tu marca inconfundible de error. Tienes el poder de
borrarme, de desaparecer mi espíritu y cualquier rastro de que existí. Y aun
con tu infinito poder eres incapaz de corregir el error que implantaste en tu
máxima creación. Tengo tanto que reclamarte, tanto que agradecerte. Gracias por
mi enfermedad, por todos los que amé y mataste, gracias por lo que me quitaste…
Gracias porque incluso me arrebataste las ganas de vivir. Mírame, maldita sea.
Contempla uno de tus errores sufriendo por tu causa…
El niño ni siquiera levanta la vista. Su mirada se clava en
la arena. Toma un puñado, la observa caer entre sus deditos. Al vaciarla del
todo, mira sus palmas, sus nudillos. Sonríe.
…
Siento un golpe directo en lo que debería ser mi abdomen.
Salgo disparado del lugar con una fuerza incomparable a la de la caída. Rompo
los hilos que se cruzan en mi camino. Absorbo recuerdos como nunca, pero se
desvanecen casi al instante. Ya no es el golpe lo que me impulsa: es algo más.
Cada nombre, cada historia, resuena en mi cabeza. ¿He vivido
todo esto? ¿Yo solo? ¿No hay más? ¿Qué propósito tiene este círculo de dolor y
tragedia?
Apenas mantengo la coherencia. Todo vuelve a oscurecerse. Mi
corazón, mi cuerpo, se sienten más físicos… No siento nada. No recuerdo nada.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario