¿Qué diferencia hay entre morir por Dios y morir porque te lo ordenan, creyendo que salvas al mundo del mal?
Todo el tiempo nuestras vidas se mantienen sobre el filo de una espada. Hoy despertamos con problemas, algunos muy triviales; nos preocupamos por pagar la tarjeta, el auto o la despensa. Si no te contestan un mensaje, se te quita el sueño; si le reaccionan a tu pareja, el mundo se te viene abajo.
Pero mientras nos distraemos entre el scrolleo y las superficialidades del día, en las altas esferas se pacta, comercia y pelea por intereses económicos, geopolíticos y religiosos. Los poderosos deciden cuántos morirán hoy a cuenta de un pedazo de tierra, y sus contrapartes deciden la cantidad de mártires que ofrendarán a una profecía que llevan defendiendo por siglos.
Al final, la sangre siempre es del mismo color, sin importar el dios que la reclame.
Por otro lado, en las zonas afectadas, el ciudadano común —como tú que lees esto o yo que lo escribo— paga con su sangre y la de sus descendientes las decisiones que sus líderes acaban de tomar; lo peor es que toman bandos como si se tratara de una guerra personal.
Si tomamos como referente las corrientes religiosas, en la mayoría se incita al ser humano a vivir en paz con sus semejantes, procurando el respeto y los buenos valores. Asimismo, el lado menos místico se rige por los mismos principios. Hoy, y todos los días, se vulneran esos preceptos: desde el insulto que se le escapa a tu boca por el fulano que se pasó el alto, hasta lanzarle misiles a tus hermanos de especie.
Es curioso: le dices “por favor” y “gracias” a tu asistente digital, pero al panadero apenas si le contestas el saludo. Lloras por cachorros en un video viral, pero eres incapaz de soltar un suspiro por tus hermanos que sufren. Sufrimiento chatarra.
Hoy, como todos los días, estamos en un punto crítico, esperando noticias sobre las negociaciones de los poderosos mientras nos desangramos lentamente y, aun así, seguimos maldiciéndonos mutuamente.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario